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Positividad y Psiquiatría. Sobre la subjetividad desfondada y la limitación de la experiencia


[Positivity in Psychiatry. On the unfounded subjectivity and the limitation of experience]

Pablo Ramos Gorostiza

[Journal für Philosophie & Psychiatrie, Oktober 2014, Original paper]

 

Resumen

Comprender la reiterada insuficiencia discriminante y la inconsistencia teórica que se da en la psiquiatría desde sus comienzos. La positividad se interpreta como un hecho que acontece sin ser asimilado ni reflexiva ni explícitamente pero que actúa posibilitando el nacimiento de la psiquiatría y a la vez impidiendo que cumpla su propósito, que ajuste sus tareas con sus recursos intelectivos. La estructura ontológica en que se sostiene la positividad arraiga, por un lado, en el sujeto moderno y en el interno desequilibrio que le constituye y, por otro, en la modalidad enunciativa que se muestra incapaz de  transitar la distancia abierta entre el sujeto y el mundo. La inclusión de lo otro de la razón es la ocasión de homogenizar la vida mental con lo natural al establecer la afinidad que  permite su comparación, de incluir lo excluido. Para saberse médica la psiquiatría tiene que garantizar que la referencia es estable y así se puede advertir que el desarrollo de la psiquiatría a lo largo de los dos últimos siglos está presidido por la oscilación entre el intento de abarcar lo indeterminado de la subjetividad y, como reacción ante esta imposibilidad, la rigidificación de la referencia.

Palabras clave: Positividad, psiquiatría, subjetividad, modernidad, insuficiencia discriminante.

Abstract

Understand the repeated discriminant insufficiency and the theoretical inconsistency that occurs in psychiatry since its beginning.  The positivity is interpreted as a fact that happens without being absorbed neither thoughtfully nor explicitly but acts allowing the birth of psychiatry while preventing to fulfill its purpose, to adjust its intellective tasks with its skills. The ontological structure behind positivity roots first, in the modern subject and the internal imbalance in itself and secondly in the enunciative modality that is unable to move the distance opened between the subject and the world. The inclusion of the other of the reason is the chance to homogenize the mental life with the natural setting establishing the affinity that allows its comparison, to include the excluded. To be known as medical, psychiatry has to ensure that the reference is stable and thus can be noted that the development of psychiatry over the past two centuries is chaired by the oscillation between the attempt to embrace indeterminacy of subjectivity and as reaction to this impossibility, the stiffening of reference.

Key words: Positivity, psychiatry, subjectivity, modernity, discriminant insufficiency. 

Introducción

Se trata de preguntarnos por la persistente inconsistencia de la psiquiatría que desde sus inicios hasta la actualidad repite un patrón homogéneo que está vinculado a la insuficiencia discriminante que arraiga en el juicio clínico. En efecto, hay un problema discriminativo esencial en el núcleo de la psiquiatría, una incapacidad para poder decir qué es psicosis y qué no, a qué llamamos trastorno de la personalidad, qué es delirio, etc. A pesar de más de dos siglos de existencia sigue sin estar claro el proceso de formación de la psiquiatría y sigue siendo necesaria una respuesta a esta cuestión dada su relevancia para dilucidar la mencionada incapacidad para subsanar el déficit epistemológico estructural de la psiquiatría que hace que sea manifiestamente impotente para ofrecer un argumento satisfactorio acerca de la razón de esa insuficiencia, que una y otra vez se manifiesta desde sus comienzos en la teoría y la práctica psiquiátricas. Desde luego esto repercute en la consistencia de los conocimientos y en la efectividad del tratamiento que está a la vista, pero no parece  desincentivar el acopio incesante e ingente de datos así como la pobreza conceptual de la psiquiatría y los psiquiatras, que se muestra de forma significativa en la incapacidad de articular una interpretación solvente de su génesis, historia, alcance y límites. Es menester entender internamente cómo se ha pasado a poder considerar la locura como un objeto de estudio para la medicina, lo cual, como sabemos, supuso una novedad en su momento respecto al estado de cosas existente. La cuestión, en nuestro enfoque,  es tanto histórica como filosófica, pues la necesidad de respuesta a la inconsistencia actual de la psiquiatría, a su incapacidad discriminante,  anida en ese comienzo y en esa elección, que ha hecho perdurar hasta nuestro presente los problemas arrastrados desde entonces con una contumacia digna de ser desmantelada en su estructura.

 

Nos hemos adaptado como psiquiatras a aceptar el relato canónico moderno que da por verdadera la preeminencia del yo como garante de la verdad y obvia o rechaza el entender que lo moderno consiste precisamente en una ausencia que se manifiesta, un estar atrapados en una vorágine que se expresa en ficciones o distinto tipo de metáforas que a pesar de ocultar o pretender ocultar esa ausencia, ese ausentarse, de vez en cuando, se muestra lo que debería permanecer oculto (Duque, 1999, pp.66, 70; Serrano 2010, p. 58). Para esta alternativa se creó en su momento la metáfora del  genio maligno. Esto significa que lo moderno, por una parte significa algo diferenciado respecto al mundo antiguo, medieval y renacentista, y por otra que esa novedad deja al descubierto su esencia entendiéndose como desmesura, ansia incontenible, deseo de saberse e incrementarse irrestrictamente sin tener por objeto nada fuera de sí. En una palabra, es el concepto de divinidad incorporado a la subjetividad sin tener la perfección con la que aquella tradicionalmente había sido pensada. El núcleo de lo moderno debería ser considerado como algo fundamental para entender   las insuficiencias de la psiquiatría, su historia y desarrollo y, sobre todo, frente a la opción hegemónica que fracasa y ha fracasado sistemáticamente para ofrecer hasta el momento una alternativa plausible de lo sucedido. La manera en que el manejo de eso propio de la subjetividad en tanto desequilibrio y desmesura se ha equiparado a la locura y ha permitido, en confluencia con ella, la emergencia de la psiquiatría. La forma en que se ha pensado esa confluencia ha sido bajo la noción de positividad, sea cual sea la versión que se adopte de la psiquiatría, incluyendo la versión canónica, que toma la subjetividad como un yo garante de la verdad escamoteando su interno desequilibrio. Precisamente por eso impide que se pueda considerar la limitación que le es inherente. En cualquier caso esta nueva ficción permitiría descartar la pretensión de cimentar sobre la subjetividad y su positivización en forma de piscología el saber psiquiátrico y  permitiría entender la positividad como un proceso que abarca la manera de incorporar lo otro de la razón, lo sin fundamento, como  ingrediente del saber psiquiátrico en línea con el proceso moderno aplicado al conocer general. Para que haya psiquiatría ha tenido que existir la ficción de la subjetividad como yo ponente, sin por ello asumir la esencia de la subjetividad, que por ausentarse y ocultarse se constituye inmediatamente en lo indeterminado y la positividad, desplegada al efecto, pretende abarcarla y comprenderla y la incluye excluyéndola. El fundamento sería sin fundamento. La locura antes estaba pensada como afección del alma que la medicina no trataba porque sólo se ocupaba de lo que tenía y tiene que ver con el cuerpo. Hasta que no se produjo esa convergencia entre ambos no fue posible que fuese objeto de la medicina y naciese la psiquiatría. Precisamente la positividad va  a tratar de pensar esto sin por ello considerar el interno desequilibrio que llevaba consigo. Podemos apreciar a lo largo de más de dos siglos de psiquiatría que la medicalización que es inherente a su desarrollo desde el mismo comienzo ha sido y es incapaz para ofrecer lo que propone, a saber: un nexo vinculante, no arbitrario,  entre signo y lesión. Esta medicalización significa una forma de positividad y si parece ser asumida como el paso determinante para su constitución como saber, independientemente que sea entendido como paso en firme o en falso, el asunto es ese paso en sí mismo. Positividad es un recurso analítico que fija hechos una vez que ha borrado las diferencias cualitativas y dispone el presentarse de los fenómenos uniformemente, como pura indiferencia, se aplana la oferta de la realidad reduciéndola en sus dimensiones de profundidad posibilitando que se homogenicen los componentes a variables cuantificables y se puedan comparar. Se trata de que razón y naturaleza, mente y cuerpo puedan llegar a ser afines. Ese avenirse, esa afinidad, es la positividad y en ese trance se pierden notas cualitativas diferenciales; naturaleza en tanto que límite de donde todo brota se convierte en cosa en general  y razón pasa a ser entendimiento mensurativo. De manera que en la positividad encontramos el carácter posibilitante de la psiquiatría y al mismo tiempo su limitación. La posibilidad de acometer con cierto éxito esta tarea nos lleva a entender esa paradoja y ambivalencia primaria en su dimensión ontológica y metafísica, pues la dimensión exterior, el poder, no puede por sí sólo dar cuenta de él, ni la psicologización de la subjetividad en cualquiera de las opciones que se adopten, desde la funcional, cognitiva, psicoanalítica, etc.  Es menester una perspectiva reflexiva que permita  captar por detrás y de forma oblicua el surgir de la psiquiatría como complejo de posibilidades que coagulan en torno a una forma que va a adquirir un destino fatal, en el sentido de que dificulta el logro de lo que precisamente propone.

 

Vemos que la positividad, entonces, significa la posibilidad de generar un ámbito de conocimiento que permita realizar una experiencia, abordar un multiplicidad empírica dada, a partir de una unidad formal y vacía capaz de ser todas las cosas, yo; a ello hay que añadir un tiempo potencialmente infinito. En ese sentido positividad posee, conlleva, un aspecto defectivo que informa de la restricción de la experiencia al cercenar lo empírico por imponer un contenido ideal a la forma de su presentación. Pero además, por si fuera poco, sin quererlo, pero sin poderlo evitar, lleva adherido a ella, por ser un ingrediente inexorable de la subjetividad, lo otro del cogito, lo otro de la razón. De la conjunción entre la insuficiencia predicativa y el desfondamiento ontológico nace la limitación de discriminativa de la que adolece la psiquiatría desde sus comienzos hasta la actualidad. 

Lo positivo y la positividad. Modelo de enunciación de la verdad

Por positivismo (psicologismo) se entiende en nuestro campo que lo subjetivo es anulado por completo en sus características y dimensiones propias y reducido a los componentes materiales de la actividad mental. Sin embargo, antes que un mera postura metafísica como esta lo positivo se asienta como lo puesto o establecido como hecho, lo que posee realidad efectiva, lo real por oposición a lo quimérico. En este sentido es la invocación a un contexto de sentido en el que se disponga la aparición de lo real de manera que sean unas mismas condiciones predeterminadas en las que se ofrezca o se presuponga un ideal en el que pueda venir a concordar, siquiera sea asintóticamente, lo material y lo formal. En la raíz moderna de la positividad se encuentra la manera de enunciar la verdad lo que supone una transformación del modo de conocer que comporta una profunda modificación de la forma de ser del sujeto. Este  camino se inició al considerar las formas en que el propio sujeto se manifiesta y se comporta y con el tiempo posibilitará el nacimiento de la psiquiatría. Hobbes, infiriendo a partir de postulados ciertísimos de la naturaleza humana y explicando sin resto, exhaustivamente, a partir de causas, de modo que los efectos estén ya dados en las premisas, establece el modo de enunciación como modelo a seguir (Hobbes, 1993, p.4) y sirve de ejemplo a Espinosa quien pretende  considerar las acciones humanas y los apetitos como si se tratara de líneas, planos o cuerpos, lo que supondrá abordar el vicio y la inepcia  de los hombres según el método geométrico (Espinosa, 1977, p. 182). Aquí está puesta la unidad de la substancia en la diferencia de los modos y atributos y será el lugar para homogeneizar los respectos que todavía durante un siglo persistirán separados. De ahí que positivo se diga también de lo que resulta transparente desde el punto de vista de adecuación entre concepto y cosa, de su plena coincidencia o identidad.

 

La positividad como estructura inicialmente implícita alcanzará su formulación explícitamente extremada en el positivismo, pero por medio habrá que amoldar su significado hasta venir a representar un modo de conocer con el que la psiquiatría pueda desplegarse. La comprensión de este proceso es lo que Foucault en parte lleva a cabo en su Historia de la locura en la época clásica (Foucault, 1976, pp. 207 vol.1, 187 vol.2). El sentido de positividad, si bien ya desde ese mismo momento parece importante en su pensamiento, sólo alcanza la debida clarificación mucho más tarde, cuando se aborda el asunto de la biopolítica. Los orígenes del uso del término nos remiten muy probablemente a la influencia de Hyppolite cuando estudia ese concepto en el joven Hegel (Hyppolite. 1970, p.39). Inicialmente lo positivo viene vinculado a lo histórico, a lo exterior que desde fuera se impone a los hombres, así en la religión judía y cristiana la ley como opuesto a lo racional. La positividad es considerada como un obstáculo a la libertad del hombre. Ello se contrapone al concepto moral kantiano que supone la ley que se da a sí mismo todo hombre. De qué modo se asume lo histórico como una facticidad que interviene afirmativamente en la asunción de un concepto de razón, es lo que se intenta aportar y lo que convierte esta tarea en significativa. Está claro que todo lo histórico deja un poso que conforma las posibilidades de recibir lo nuevo. La naturaleza humana se modifica a sí misma en la historia. La positividad hace referencia a la forma como nos relacionamos con nuestra historia, a cómo el desarrollo histórico de la moralidad se enfrenta a lo positivo (Paredes, 1995). Lo positivo surge cuando algo contingente se presenta como necesario y orienta el modo de sentir, pensar y actuar (Hegel, 1979 p. 425; Cadahía, 2012). La positividad es así una forma de organización, en que se asimila lo meramente externo y se incorpora a la forma de conducirse y ser conducidos, el elemento positivo ahora ya no se refiere a las prácticas religiosas. La ambivalencia de lo positivo (Kohlenbergen, 1969) permite entender como un proceso externo pasa a ser asimilado sin por ello dejar de conformar interiormente al sujeto. Para Hegel traer lo positivo desde lo dado históricamente hasta lo racional es suministrar una dimensión conceptual, producir afinidad de modo que se pueda dar transparencia, identidad y verdad. Cómo lo racional entonces se apodera de lo positivo, salva los hechos de su mera apariencia al insertarlos en un contexto de verificabilidad, de necesidad frente a la contingencia (Neiman, 2012, p. 329). Y este recorrido se efectúa en la historia.

 

El proceso de positivación se tiene que predicar precisamente allí donde, de suyo, el saber no rinde positivamente, es decir con resultados netos verificables por procedimientos empírico-analíticos. La positivación se debe llevar a cabo en los saberes en que el objeto de estudio se constituya con las mismas condiciones experienciales porque se quieren obtener los mismos resultados ejemplares. Hay un movimiento de avenir la cosa concreta, esto ahí, a las condiciones de toda cosa en general, a traer la cosa por estudiar a las condiciones de espacio homogéneo y tiempo lineal, en definitiva, a generar una empiricidad adaptada al objeto. A poder medir y cuantificar (Hacking, 2006). El objeto a estudiar aparece entonces reducido, o se quiere poder reducirlo, sin perder por completo o de golpe lo que hace de él algo que no es una cosa en general. Porque, en tanto que nuestro entendimiento es mensurativo y comparativo, la cosa no puede perder por completo lo que hace de ella algo susceptible de ser asemejado a algo, pues con lo manifiestamente desemejante no hay término de comparación y permanece enteramente otro, e inaccesible. Lo que aparece como positividad en el origen de la psiquiatría es el modo cómo pensar al hombre capaz de devenir enfermo mental, de alienarse.

 

Positividad viene a ser una manera de establecer un cierre determinado del horizonte de sentido que impida la oscilación de significado y evite que la referencia se vuelva evanescente. Todo va dirigido a que la enunciación, la proposición verdadera quede articulada en un contexto controlado, presidido por intereses implícitos, a disponer de antemano lo que luego ha de ser visto, a preparar el juicio para la identidad y la transparencia, que permitan la unificación y la síntesis. De manera que tanto el sujeto lógico de la predicación (Yo), la serie condicional de determinaciones (Mundo) y la conexión copulativa entre sujeto y predicado (Dios, Idea absoluta, Voluntad) permitan el cierre con la razón (Duque, 1999 p.35). Es la trama argumental en la que lo dicho pretende coincidir con el decir, en la que la predicación revela al sujeto y en donde se anula el tránsito entre sujeto y predicado y por eso se puede dar la transparencia (Leyte, 2013 p.52). Si ahora consideramos que lo por estudiar va a ser al sujeto moderno ya podemos hacernos cargo que las condiciones para su positivización están dadas y sólo hace falta llevar a cabo un proceso de unificar las diferencias todavía existentes con los restos del sujeto, todavía sueltos y fuera de control. Para ello nada mejor que hacer del Yo parte del Mundo depotenciando a Dios hasta venir a dar en conocimiento absoluto, enciclopedia o vínculo intertextual.

El conocer moderno y la subjetividad desfondada

Hacía el  inicio del siglo XIX, momento en que da comienzo la psiquiatría, tenemos un panorama presidido por las consecuencias heredadas de los siglos precedentes sobre el sujeto que actúa, derivadas del proceso moderno de conocer que nos dejan unas garantías de verdad suspendidas. De modo que tras la muerte de Dios han de ponerse en marcha distintas alternativas para hacer frente a las exigencias que se derivan de la necesidad de suministrar certeza. Así pues, en ese momento tenemos lo siguiente: un sujeto vacío, una práctica analítica como proceder preeminente que es cuestionado por el efecto de fragmentación sobre la totalidad, la pérdida de fines con una racionalidad que se autocomprende como exclusión y negación inmediata de las sensaciones y las experiencias supuestamente irracionales y, finalmente, una comprensión que cree captar la verdad con categorías objetivas (Rühle, 1997 p.19). La modernidad ha construido al sujeto como centro y fundamento de todo y ello ha llevado al vaciamiento de la razón objetiva, que es una razón analítica meramente formal incapaz de explicar por qué opera así y, sobre todo, con qué fines opera, no sabe dar razón de sí misma ni de lo existente.  Hay una fragmentación del individuo con el consiguiente extrañamiento respecto al cuerpo propio con una represión de lo sensible y corporal  (Sánchez-Meca, 2013 p. 109).  Se da una manifiesta falta de finalidad y de unidad que habrá de ser recompuesta no sólo individualmente sino con relación al cuerpo social y político. ¿Cómo se ha producido este estado de cosas?

 

La modernidad había modificado la comprensión del vínculo existente entre yo y mundo precisamente al pretender conocer las cosas en función del método, el artificio montado entorno a la duda. La persistente y atávica sospecha acerca de la realidad se va a tratar de resolver  pretendiendo obtener una posición firme y verdadera que se va a asentar sobre un yo dubitante. Sin embargo, esta estrategia va a acabar desplazando la sospecha sobre la mismidad, la subjetividad, el propio yo. En definitiva el hombre se ha perdido a sí mismo y busca  su totalidad  narrativamente pero va a advertir que la presunta transparencia que se anhela y busca reconciliarse no es factible. Hay una carencia esencial, no circunstancial, en la subjetividad que se pone de manifiesto en la expresión de la realidad  que es a su vez la manifestación de la quiebra del sujeto mismo: lo que el lenguaje dice esta escindido por el decir del sujeto, la reflexión y el lenguaje escinden lo que en esencia es uno, es la contradicción insuperable del pensamiento  (Martín, 2012 p. 170). Esa quiebra de la cosas es la quiebra del propio sujeto (Lacue-Labarthe & Nancy, 2012 p.61). En este sentido la filosofía moderna es una indagación sobre la estructura de la subjetividad y, a la postre, lo que va a acabar descubriendo es que la razón no es transparente, que lo que está en el origen de la realidad no es racional, es sin-razón. Y por ello el recorrido de la modernidad es aprender a gestionar, es decir, a reconocer y a resolver los problemas que esta falta de fundamento produce, sobre todo teniendo en cuenta que no por no nombrarla ni abordarla deja de ser efectiva.

 

El sujeto moderno, el cogito, el yo trascendental, la autoconciencia o como se quiera decir es una parte del binomio yo-mundo, pero tiene pretensiones de totalidad, de completud  y en esa misma medida posee los rasgos de deficiencia y desequilibrio ya que en su seno habita un conflicto que es el origen de posteriores conflictos que se van a transmitir al ámbito de expresión y expansión de lo moderno. El aflojamiento, la dehiscencia de los vínculos con el mundo que supone la duda cartesiana y el posterior intento de reconstruir esas relaciones, con una pretensión de verdad basada en la claridad y distinción de las ideas consideradas, requiere que caiga sobre la actividad del sujeto una exigencia de infinitud, ya que el vínculo tradicional entre yo-mundo se establece por nexos de sentido consuetudinarios, de sentido común por así decirlo, pero una vez que estos nexos se han roto por la duda metódica la infinitud de posibilidades que se abre requiere que se estabilice y se limite (Martínez-Marzoa, 2009; Josipovici, 2012).

 

En el cristianismo la infinitud atribuida a Dios se estabilizaba por medio de la perfección, que clausuraba la desmesura que hubiera sido inaceptable para un griego. El problema va a surgir cuando se pretenda que la infinitud asume la carencia de perfección, que es precisamente lo que va a ocurrir al introducir al yo como centro (Serrano,  2010,  p.52). Este se convierte en principio explicativo de todo, de la sustancia, de la idea y de Dios. La infinitud en el mundo clásico era un defecto, una perversión, una enfermedad de modo que el deseo, el ansia que ya se consideraba insaciable era contenida por la virtud o por la naturaleza de las cosas, su fin interno. Para el exceso, pues, hay un límite, tanto en el mundo antiguo como en el medieval. Una vez que se desactiva la acción divina, la suma perfección, persiste el deseo insaciable pero sin esa perfección, ese es el yo moderno, el artificio moderno, que quiere remedar a Dios sin disponer del límite para su ansia infinita que era la perfección. Tenemos la entraña del sujeto moderno que es una carencia que  desea, que ansía y que se muestra como insatisfacción incontenible o voluntad de voluntad.

 

Queda así desmantelado un tinglado que funcionaba dentro de unas coordenadas, pero cuando se quieren cambiar esas coordenadas para trasladar al sujeto esa razón infinita nos encontramos que el sujeto está aquejado de deseo, de voluntad insaciable, como algo imperfecto incapaz de contener la infinitud. Pues el desafío moderno va a  consistir en saber cómo gestionar esa omnipotencia e infinitud que se alojaba en el Dios cristiano y personal transcendente, como totalidad perfecta. Al ir descomponiendo esa totalidad en partes que aspiran a restaurarla o sustituirla, al  pasar a cada átomo,  mónada,  sujeto o cosa pensante, esa potencia ahora inmanente,  ¿cómo manejarla? (Serrano Marín, 2011 pp. 75-99).  Descartes, Hobbes, Leibniz o Espinosa lo llevarán a cabo de distinta manera pero cristalizará en Wolf,  en quien se fijan y toman como adversario los representantes de la respuesta a ese estado de cosas que se inicia en el tránsito hacia el idealismo. La figura central es Kant,  y lo que aborda Kant pero no resuelve son dos problemas que traerán cola: la cosa en sí y el vínculo entre libertad y naturaleza. Pero junto a él están sus críticos y geniales sucesores (Ramos-Gorostiza, 1992; Beck, 1996 pp. 243-392; Duque, 1998 pp.159-319; Hoyos, 2001) y será el primer romanticismo: los Schlegel, Hölderlin, Schelling, Novalis, el que insatisfecho con la respuesta kantiana propondrá una alternativa que inicialmente asumirán los representantes idealistas, si bien Hegel se desmarcará del mismo modo que lo hizo Goethe. Efectivamente no es hasta Kant que se hace patente la consistencia del sujeto moderno, de la subjetividad, el ser que está en la base de todo lo que hay, el sujeto es transcendental o lo que es lo mismo: el sujeto no tiene consistencia puesto que es pura forma sin contenido, se revela que en última instancia es nada.

 

Todas las esferas de la vida humana van de ser expresión del desajuste en el seno de la subjetividad en la que anida un deseo sin límite, o mejor, deseo es la palabra para expresar específicamente la ausencia de límite. Precisamente en los afectos como los límites interiores, es donde se anudan con la naturaleza. Esta ausencia de límite, zona opaca tras la razón y el control racional, se muestra y se manifiesta en innumerables ocasiones y formatos a pesar de no haber encontrado todavía el cauce de su explícita y discursiva exposición. La política, la economía, la moral, el derecho habrán de abordarlo sin ese explícito conocimiento, pero en la necesidad de afrontar sus demandas y exigencias van perfilando su doctrina teniéndolo en cuenta y contribuyen muy decisivamente al repertorio de metáforas e imágenes que van cercando el concepto hasta que se venga a dar con él de una manera más precisa. Algo que sucederá con Nietzsche y Heidegger. El proceso se puede resumir en que de una parte se restringe la concepción de lo que se entiende por vida humana, pero por otra parte se dejan sueltos aspectos inherentes a la subjetividad que antes se compensaban contextualmente, dentro de conglomerados de sentido como son los que suministran las culturas y la religión y ahora son fuerzas liberadas sin estabilización ni contención suficiente. Este es el desafío al que hay que hacer frente y la opción preferente de respuesta va a ser, como veremos, la positivización. Proceso de implicaciones metafísicas que pretende cancelar todo lo que no sea susceptible de ser enmarcado en un orden de manifestación determinable de antemano. (Gamm, 1994 p.212)

Lo indeterminado (como confluencia de lo Otro de la razón y la locura) y su determinación: la positivación

Connatural con el proceso moderno que estamos considerando es el dejar de depender de una naturaleza contingente y arbitraria, para ello se intentará transferir el control al yo imponiendo un orden que permita la anticipación y el cálculo de la acción para con ello reducir la incertidumbre y la ambigüedad. En el acto de nombrar ese yo asume la carga argumental de decir qué es orden, y por ello qué es caos (Bauman, 2005 p. 19 y ss.). Por lo mismo incorporar lo otro, lo ajeno, lo diferente supone darle un nombre, denotar y clasificar con respecto al orden y dar un significado a aquello que calla, o que suena a ruido informe como una jaula de grillos. Dar un significado a lo que no lo tiene por respecto a lo que lo tiene supone ejercer una violencia que acaba constituyendo lo otro de nuestro propio mundo, y eso otro es la opacidad de nuestra propia subjetividad. De modo que el orden que significa nombrar, clasificar, excluir e incluir permite advertir que no se trata de algo natural sino que consiste en el descubrimiento del orden como tal, por lo que al establecer el orden desde el fondo de la subjetividad se establece recíprocamente el caos. Es decir, hay un elemento volitivo, decisionista que impone, dictamina lo que queda incluido y a la vez excluido pero desde una misma estructura, desde el mismo fondo (sin fondo). Porque lo otro del orden no es otro orden, es simplemente el caos.  Esta actividad, de bifurcar orden y caos, es típicamente moderna y radica en una necesidad de supervivencia frente al exterior, en una exigencia ante el afuera para seguir existiendo frente a sus demandas, la de conjurar la indeterminación y la inseguridad, y en un artificio interior, un trasfondo subjetivo, la voluntad de voluntad. Lo que ha quedado a la vista una vez que el vínculo tradicional con el mundo se ha roto, en que se ha producido una desacralización (Entzauberung) del mundo, es que el yo queda ab-suelto, por lo que para saberse requiere reflexionar sobre sí, sobre su propio ser consciente de sí, requiere  dotarse de una interpretación de sí, para ello nada mejor que ir a la búsqueda de un origen, de su propio origen, y como resultado de ello va a adoptar preferentemente, exigido por la preeminencia ejemplarizante del saber científico, la naturalización. Con ello está dado el recorrido que permite hacer de la locura, de suyo algo indeterminado, un cauce de indagación sobre la base de un orden que anticipe el presentarse de los fenómenos en un contexto controlado. O por lo menos eso creen los primeros alienistas ilustrados.

 

Una característica que es peculiar de la modernidad e imprime a ella una dinámica propia, como debe haber quedado de manifiesto por todo lo anterior, es que la centralidad del yo que se consigue, resulta ser capaz tanto de satisfacerse como de destruirse. El infierno ahora es uno mismo (Carrasco-Conde, 2012 p. 171), queda sin consideración el lugar del infierno porque ya no hace falta que exista ningún lugar, no es necesario salir de uno mismo a un afuera para saber lo que es el sufrimiento, el dolor y la muerte. En la misma subjetividad se encuentran dados todos los requerimientos para poder explicar y pensar en metáforas las formas de la destrucción y del sufrimiento. Pero del mismo modo que hay una mismidad constructiva, la forma en que la conciencia hace la experiencia poniéndose y retornando a sí misma, hay una mismidad destructiva que quiere ser sí misma y saberse pero centra el movimiento en el se reflexivo más que en el saber o el ser y al hacerlo se enquista (Carrasco-Conde, 2012 pp.81-90).  La enfermedad del yo, su enquistamiento no tiene que ver con la reflexión sobre sí sino con la radicalización de ese movimiento, pero su posibilidad pende de la existencia de  una reflexión del sujeto absoluto. El primer paso del proceso de mismidad negativa es la paulatina clausura del yo, el segundo es el movimiento de curvación sobre sí y el tercer paso en el camino de la destrucción es el hundimiento  (Carrasco-Conde, 2012 pp. 213-218). Este infierno en vida es el equivalente de la locura, una manera entre otras de decir la locura, pero que ahora en el contexto de la modernidad tardía va a permitir establecer analogías con el concepto de locura que se extendía desde entenderla como expresión del pecado, castigo o condena hasta posesión demoníaca, pasando desde luego por el envenenamiento, intoxicación, etc. La relación entre locura y subjetividad es manifiesta, y se está en condiciones de entender la enfermedad como locura y ésta, la enfermedad del yo, como afección de la subjetividad que permite o puede permitir que sólo una parte de ella se encuentre afectada sin que necesariamente se pierda o se anule toda la persona.  Lo que a su vez va a posibilitar que se pueda ejercer un abordaje terapéutico sobre ese fragmento de la subjetividad actuando sobre la parte todavía indemne. Es el lecho uniforme de la positivización el que va a posibilitar el tránsito entre ambas compartiendo formas de abordaje, y en definitiva un mismo destino.

 

Como corolario de lo anterior vemos que la autonomización de la subjetividad, como peculiaridad propia de lo moderno, de consuno con su reducción material, ofrece una aporía que Schelling nos mostró como irrevasable, a saber: la opacidad estructural que acompaña a la conciencia y al mismo tiempo la efectividad de aquello que no por ser menos opaco resulta ser más inevitable: el mal (Schelling, 1989; Heidegger 1985; Courtine, 1990; Zizek, 1996: Carrasco-Conde 2013). Sobre todo cuando la conciencia, en un acto libre pero presidido por la voluntad irrefrenable, se vuelve sobre sí y pretende captarse  (Leyte,  1998). Pues bien, ahí emergen consecuencias ante las que la filosofía, la medicina y las ciencias no podrán dejar de considerar como objeto de su atención. Lo que por sí mismo no puede ser objetivado, lo que no se muestra pero deja que aparezca lo que aparece va a ser considerado elemento de escrutinio y estudio por aparecer  como indistinguible con los efectos del mal. La opción va a ser la positividad, que por su propia e interna dificultad de acceso se ha revelado como algo que tiene que ser reiterado, que vuelve sin cesar e impide su consideración.

 

Derogada la pretensión de ofrecer unidad y sentido, una vez que la intervención de Dios resulta prescindible para el funcionamiento de la máquina, la razón en pleno cuestionamiento de su rendimiento y efectuaciones para lo que se suponía que debía abordar, en una pirueta peculiar, se va a dirigir precisamente a lo otro de la razón para centrar su meta abarcando un espectro más amplio con la idea de cubrir las lagunas señaladas. Pero se va a dar la casualidad que ese mismo esfuerzo por tapar las vías abiertas en su estructura, y que atentan contra la viabilidad de su edificio, va a permitir dirigir la mirada analítica hacia lo preterido y opaco a la razón. Pero no sólo en cuanto la parte de atrás de la máquina, porque confundido con esa opacidad se encuentran muchas cosas, en un totum revolutum informe y desbarajustado, y esa va a ser la ocasión para, por la aplicación del procedimiento analítico, poder acceder a nuevo territorio que va a ser la psiquiatría y que hasta la fecha era pasto de gentes de toda laya. Pues bien, en ese magma informe, en que entre la miseria, la explotación, el maltrato, la discriminación, el abuso, la indigencia, etc., aparecen el terror, la angustia, la melancolía y la locura, observados desde una mirada médica en trance de renovación, van a advertirse entidades y manifestaciones diferenciadas que, poco a poco, a lo largo del siglo XIX van a constituir el corpus de la psiquiatría y la semiología psiquiátrica que acabará llamándose fatalmente psicopatología.

 

Si el pensamiento moderno es un pensamiento sobre la subjetividad, es el propio despliegue de este pensamiento en que pone al descubierto zonas de opacidad que sin embargo, no solo no restringen el conocer sino que impelen a su abordaje y elaboración, formando parte de la misma ansia de conocer que habita en ese pensamiento. Aquí el camino del pensar moderno se cruza con la locura y se abre el mismo ámbito de experiencia para ambas, porque el camino recto del invento moderno ha sido producir cosas indiferentes, aisladas, desprendidas de contexto de sentido y situarlas en ámbitos abstractos definidos por criterios mensurables puestos por la subjetividad del sujeto. Esa indiferencia ahora se puede verter sobre la subjetividad que se haya en la locura y generar un espacio de indagación que es precisamente el nacimiento de la psiquiatría, una manera de objetivar, que por medio de los geniales sucesores de Kant van a tratar de  llevar también al camino oblicuo, aquel que pone al descubierto lo otro de la razón.  Tenemos entonces que la modernidad ha mostrado que la infinitud defectuosa que habita en el hombre se puede hace fructificar si se vierte sobre la propia razón y se considera que la sinrazón, la locura, puede ser objeto de conocer.

 

En todo caso, al lado del orden, de lo que tiene medida, pauta, acomodo, está el caos, lo otro del orden que ahora es el hedor de lo indeterminado. Como se puede ver eso indeterminado se dice de muchas maneras: irracionalidad, confusión, incoherencia, incongruencia, ambivalencia, etc. Pero eso indeterminado queda vinculado con lo determinado por el mismo principio, el yo, la voluntad, y recibe para su conformación como caos las mismas categorías, con lo que abre una posibilidad de abordarlo con las mismas herramientas. Queda unificado lo otro con lo mismo manteniendo su carácter de otredad por una falta de determinación a incluirlo, la cual puede modificarse cuando las circunstancias aconsejen lo contrario, en todo caso sin que ello requiera de nada ajeno al mismo yo que construye el mundo. Es un procedimiento de exclusión inclusiva. Se pretende hacer hablar a la opacidad, al deseo, a la voluntad traduciéndolo como interés, motivo, apetito, incentivo, etc. Disponer la positividad es situar un contexto previo donde los fenómenos aparezcan como si su posicionalidad abstracta correspondiese a algo en sí, siendo esa correspondencia con el en sí lo investigable, lo por determinar y lo que acaba por dar razón de la positivización.

 

El romanticismo temprano y el primer idealismo responden a la situación planteada por Kant, como arraigamiento en la finitud del conocer, desarrollando el significado de lo transcendental hasta venir a dar en una filosofía de lo absoluto que en el primer Schelling significa que la naturaleza es espíritu visible y el espíritu naturaleza invisible  (Montiel, 2008 p. 86). Es decir, una posición unilateral.  Pues bien, esta unilateralidad va a ser, en lo referente a la ontología en cuestión, la postura preeminente por la que se decide la positividad para lograr pensar lo indeterminado. 

El despliegue de la psiquiatría como determinación insuficiente

En el origen de la psiquiatría siempre encontramos un intento por naturalizar lo psíquico, y esta tendencia a la altura del final del siglo XVIII no adopta una sola acepción. Por ejemplo,  el mesmerismo  suponía una doctrina que compartía con la medicina romántica la unidad de la naturaleza y su concepción totalizadora de la enfermedad, que afectaba tanto a las enfermedades físicas como psíquicas  (Engelhardt,  2003). Pero lo relevante para lo que ahora nos interesa es que el entramado ontológico y epistemológico que está en juego y que va a ser el que va a propiciar la positividad del alienismo, va a dar el acomodo unilateral de estas partes antes incompatibles, va a homogenizarlas, sin asumir el déficit que arrastraban en términos de desfondamiento. El magnetismo se yergue sobre la afinidad entre las sustancias pero descubre una dimensión subjetiva no sujeta a control y por ello se resalta la relación médico-paciente (Swain, 1977 p.54). Esta dimensión que escapa a los magnetizadores y otro tipo de charlatanes, como serán posteriormente los hipnotizadores, no deja de asentarse sobre un presupuesto común que comparte con los defensores de la psiquiatría oficial (Goldstein, 1987 p.72).

 

Cuando la psiquiatría nace formalmente con Pinel lo hace como ruptura (Swain, 1977 p.52), lo que quiere decir que con él se inicia algo diferente respecto a los acercamientos a la locura de sus contemporáneos y antecesores, con él se tiene que aportar algo nuevo que inicie el camino de la psiquiatría, que impregne  de un punto de vista propio, desde luego un punto de vista que significa para la posteridad de los doscientos años siguientes un cañamazo uniforme sobre el que se trama y se urde la psiquiatría (Huertas, 2012). Ni con los ideólogos, Condillac, Cabanis, Destutt de Tracy de los que forma parte (Valenzuela, 1999, p.369) ni con los ingleses como Crichton, a los que considera, ni con Chiaruggi (Lanteri-Laura 1995) o Daquin a los que critica (Weiner, 1999 p.304), se da ese comienzo. En ese momento de la modernidad ya se dan las condiciones para que la convergencia entre cuerpo y mente se lleve a cabo de una manera que pueda ser incorporada a la medicina, se dispone del procedimiento analítico de Condillac (Condillac, 1984) de cara a la investigación y a la perfectibilidad del conocimiento de acuerdo con los presupuestos lógico-lingüísticos por el desarrollados y se han dado pasos de cara a huir de la reducción de la fisiología a la mecánica en favor de la físico-química.

 

Está claro que la presuposición de un nexo vinculante entre signo y lesión se encuentra ya en la mente de esos médicos, sin embargo, esta presuposición, necesaria para un saber que se quiere homogéneo con aquellos con los que quiere compartir la verdad y el progreso, requiere se considere con cuidado, en toda la complejidad en que la vida se manifiesta, biológica, social y moral, sin decantarse de entrada por una presunta causa para que los términos de comparación no sean meras caricaturas de sus respectivos referentes que nada dicen y que nada comprometen a la hora de discriminar si se trata de una lesión orgánica o de la respuesta reactiva a una situación. Para Pinel la enfermedad va a ser reacción antes que lesión. Mientras esta presuposición sea un deseo grosero, es decir, que requiera que se adopte de partida un concepto de vida más próximo a la mecánica que a la biología, un concepto de subjetividad meramente sensualista sobre la base de una metafísica monista, que  las pasiones  como el vínculo entre cuerpo y alma sólo sean consideradas meros fenómenos, con indiferencia de si se trata de un aspecto instintivo o moral (Crichton 1789, vol. 2, pp. 99-100; Pigeaud, 2001, p. 266), la aproximación entre cosa y concepto resulta incapaz de dar cuenta de la riqueza concernida e implicada. El acierto de Pinel está en asumir esos elementos en una postura mucho más matizada, más rica y más flexible capaz de abarcar aspectos más densos de la subjetividad, si bien no lo resuelve ni puede hacerlo desde sus presuposiciones. No deja de estar atrapado, como lo está la psiquiatría desde su nacimiento, por el marco de la positividad, por la imposibilidad de tener en cuenta la subjetividad en su irreductible dimensionalidad y la proposición enunciativa en su discursividad temporal. No obstante, sin tematizar expresamente la cuestión de la subjetividad, es evidente que su hipocratismo estoico incorpora implícitamente dimensiones de la subjetividad que coetáneos suyos no van a tener la mesura ni la sabiduría de aportar a las perspectivas dominantes que encauzan sus miradas.

 

Pinel rompe con la tradición y se mantiene en la tradición aunque no de forma meramente pasiva (Swain, 1977 p.61), frente a Crichton asume el contenido filosófico implícito en su hipocratismo y no considera las pasiones desde un punto exclusivamente orgánico, ni ha olvidado lo que los antiguos llamaban las enfermedades del alma, las perturbaciones de Cicerón (Pigeaud, 2001 p.271), restaurando la antigua dualidad entre medicina y filosofía, el necesario combate de la vida anímica (Pinel, 1809 p 12 n.1; Peset, 2003). Sigue considerando que la naturaleza posee la perfección divina y en este sentido supone un límite y un modelo de equilibrio que se trata de asumir. Así pues, ni una interpretación físico-mecánica del alma al modo de La Mettrie o Helvetius, ni una concepción exclusivamente espirituosa que impida entender las pasiones como entrelazamiento entre ambas, mediando entre pensamiento y extensión. El miedo al exceso, venga de donde venga, es lo que hay que atemperar tomando la naturaleza como modelo. En definitiva, la integración del método analítico, de la observación, del establecimiento de la historia natural y de la distancia suficiente permite entender que lo que vemos en los enfermos es una alteración parcial en las funciones de nuestra organización. Esta alteración funcional nos impide adaptarnos al orden natural y/o social con independencia de que su génesis pueda estar en un sustrato lesional, en la sociedad o en las pasiones. Todo ello confiere a la posición de Pinel  un equilibrio y ponderación que resulta necesario para tomar en consideración el resbaladizo, difícil y ambiguo objeto de la psiquiatría. Pinel consolida un referente ambiguo pero dando cauces de indagación positiva, que serán explorados desde entonces hasta ahora.

 

La psiquiatría posterior, desde su inmediato sucesor en Francia, Esquirol, o en Alemania con la psiquiatría romántica va a estar marcada por la imposibilidad de aprehender a abordar ese espacio de libertad, interna y profundamente inestable, que se quiebra en la enfermedad y que es inherente a la humanidad del hombre. Dejándose llevar por los extremos implícitos en esa posición se tenderá invariablemente a reiterar el esfuerzo por atrapar ese desorden desde el pensamiento o desde el cuerpo, volviendo imposible la vinculación generalizada entre signo y lesión y rigidificando el procedimiento de fijar la referencia en las idas, o estirando el significado hasta la indiferencia en las venidas, vaivén incesante que marca el recorrido de la psiquiatría durante los dos últimos siglos y que hoy podemos apreciar con tal de echar un vistazo a nuestro alrededor.   En estas idas y venidas por las que transita la psiquiatría está en todo caso siempre implícito un suelo de positividad que es condición necesaria para la psiquiatría tal como ha venido a ser entendida. Por eso mismo también se puede dedicar Esquirol a un análisis de lo psíquico y a producir una incipiente semiología que se desplegará en las siguientes décadas y ello permitirá elaborar junto a ésta un primer bosquejo de nosología que iría creando un cuerpo de conocimientos específicos ante los demás médicos y el resto de la población. El dinamismo  que surge en Francia entre las tareas de diagnóstico y tratamiento y la insuficiencia discriminante e inoperancia terapéutica se atiene a que la fijación de la referencia sea más eficaz y en esa intención da lugar a una eclosión de formas de enfermar (Lanteri-Laura 2000, p.135) que acaban mostrando una inconsistencia insostenible que determina cambios en las teorías adaptando el modelo asilar o las estrategias corporativas.

 

El desarrollo de la psiquiatría en Alemania presenta unas características diferenciales en función de su historia cultural, dado que no es el sensualismo ni la filosofía empirista o del sentido común (Locke, Reid)  la que suministra las claves de su organización conceptual sino el desarrollo de la noción de subjetividad que se vincula al pensamiento postilustrado  y el primer romanticismo. En el marco de influencia de la Naturphilosophie schellinguina, supuestos que comparte con la obra de Mesmer, hay un intento de estructuración, por los representantes de la psiquiatría romántica alemana, en torno a la narración y descripción de las historias clínicas que se establecen a partir del supuesto de la unidad de la subjetividad con respecto a sus bases corporales. A pesar de que los resultados de las autopsias no ofrecían habitualmente ningún resultado capaz de establecer nexos causales con las conductas (Kaufmann, 1995, p.295) es el producto de las descripciones y autobservaciones los que ofrecen el material empírico como primer paso para el descubrimiento de la interna naturaleza del hombre (Kaufmann. 1995, p. 313). Con independencia de que este material narrativo se estructure confrontando con el orden burgués como indicio de anormalidad o desviación, es lo indeterminado lo que aparece vinculado a oscuras fuerzas  de esa interna naturaleza y lo que tiene que ser traído al lenguaje. Por supuesto la realización de peritajes y la atribución de responsabilidad penal no son ajenas al desarrollo de esta competencia narrativa. Y en definitiva es esta tendencia la que acaba borrando las diferencias entre psíquicos y somáticos; Reil, Heinroth,  Jacobi, Nasse, Ideler o Griesinger.  Precisamente por esto la organización de la profesión en Alemania no aparece, como en otras especialidades médicas, surgiendo desde la medicina interna, como manifestó Bonhöffer su camino fue justo el opuesto, y la psiquiatría tuvo que ser traída laboriosamente desde fuera al marco de la disciplina médica (Engstrom, 2003, p.25). Y es esta exigencia la que impone y hace arraigar la aceptación de la positividad y la de que lo Otro de la razón se acabe identificando con una excitabilidad, irritabilidad o excentricidad, etc., que ahora sí puede ser traducida en términos neurobiológicos. Y fue la apelación a la deficiencia de formación en general, no especializada, en conocimiento de lo mental por parte de los estudiantes de medicina, lo que granjeo la entrada masiva de la psiquiatría en la universidad alemana, lo que a su vez forzó a la adopción uniformizada de la positividad más allá de las peculiaridades de observación e investigación que ostentaba la incipiente psiquiatría.

 

Con el desarrollo de la psicopatología como lenguaje propio de la psiquiatría se repite otra vez, en un nivel de autorreflexión mayor, la misma tendencia por garantizar una referencia más segura para esa semiología psiquiátrica que parecía querer vincular el signo/síntoma del trastorno con la lesión neurobiológica. Esto no impide que el lenguaje psicopatológico sirva a la formación de un renovado empirismo que paradójicamente se rigidificará para congraciarse con las necesidades externas e internas. En el seno mismo de la fenomenología psiquiátrica hemos asistido y asistimos ahora a la misma pugna (Ramos & Adán, 2013). Una incesante búsqueda de determinación, de que la referencia se comporte como una sustancia estable y transparente aboca una y otra vez a una insuficiencia discriminante en el juicio clínico que provoca que se vuelva sobre los mismos supuestos, sobre la misma positividad sin cuestionarla, para generar nuevos intentos de atrapar a la subjetividad en su indeterminación. Esta actividad actúa en falso y es profundamente errática  y confundente, creando entes de razón como enfermedades ficticias y transitorias tanto en el pasado como en la actualidad (Hacking, 1998), desde la histeria  hasta la fobia social, el síndrome de estrés postraumático o el síndrome por déficit de atención del adulto. En este sentido la insuficiencia discriminante es un resultado a pesar del cual la historia de la psiquiatría persiste en forma de pretensión de alcanzar una identidad entre los respectos que entran en relación precisamente por mor de la positividad, la mente y el cuerpo a través  de una semiología. La manera de resolverla, una vez asumida la positividad y la afinidad entre ambos respectos, consiste en establecer referencias que sean reveladas por medio de un juicio clínico certero. Los acontecimientos, sin embargo, van a poner de manifiesto que esa coincidencia no se da, lo cual, dentro de la misma positividad, va a dar lugar a un movimiento oscilante y reiterado entre aspectos preferentemente materiales o espirituales, que se repiten en la psiquiatría española, dependiente de la francesa (Novella, 2013). 

La persistente positividad y el límite de experiencia

La positividad como infraestructura ontológica está en relación con el resultado de la metafísica de la subjetividad, es decir, con la necesidad de suturar el abismo abierto con el mundo y con la búsqueda una estabilización del significado. La psiquiatría se mantiene desde los comienzos hasta la actualidad reeditando un mismo patrón que es la positividad, no otra cosa explica la persistente insuficiencia discriminante que impide todo avance en los términos en que ese se lleva a cabo en el resto de la medicina. Esa persistencia, la reiteración de lo mismo una y otra vez, tiene que ser explicada porque el fundamento que sostiene toda la estructura y genera una expectativa de cumplimiento es capaz de aguantar todos los adversos resultados, por más que invariablemente incumplan lo que prometen. Tanta tiene que ser la fuerza ideológica que mantiene la convicción de certeza contra viento y marea que sólo puede arraigar ahí donde esté vinculada a un punto que deba ser salvaguardado a toda costa so pena de echar por tierra todo el edificio de nuestro saber. Ese lugar es la convicción en la verdad moderna que existe como ficción en la psiquiatría porque de ella depende su estatus en la sociedad.

 

El despliegue de la psiquiatría en el lecho de la positividad pone de manifiesto que no hay una identidad, por más que se pretenda y se busque, entre signo y lesión, entre concepto y cosa, y que precisamente sólo hay psiquiatría teniendo en cuenta esta imposibilidad. El desplegar el propio pliegue en que consiste el hombre hace que se pierda lo específico que debería ser salvaguardado en su diferencia y determina que se adopte la opción de la positividad como camino de indagación tanto en un sentido como en otro, desde lo psíquico entendido como producto neurobiológico o desde lo físico como fundamento, parece no haber lugar para ese entre que somos.  La positividad es el supuesto que permite la ficción de esa identidad en que puede tener lugar el acuerdo entre signo y lesión preservando el espacio médico como el lugar de este encuentro. Todo el despliegue de la psiquiatría en tanto que positividad consiste en querer asegurar el entorno en que lo que es susceptible de recibir significado clínicamente relevante lo obtenga interna y estabilizadamente respecto a una referencia que se sustrae, se retrae, se ausenta. Pero como la pretensión es internamente inaceptable, e históricamente inviable, el horizonte en que la psiquiatría tiene que desenvolverse está marcado por un supuesto metafísico implícito pero no por ello, o precisamente por ello, nunca puesto en cuestión, a saber: que hay identidad, reconciliación, que el significado se adecúa perfectamente a la cosa y nada queda fuera de concepto (Ramos, P & Adán , J, 2011).

 

Ello no es óbice para que atendamos a ese carácter irrebasable  e indisponible y aproximemos la tarea de la psiquiatría sabiendo que no cabe expectativa mítica que venga a reconciliar cosa y concepto, sino que esta supuesta y deseable transparencia conceptual es un espejismo, algo que ya ha sucedido y seguirá sucediendo sin duda. Hacer de lo sin fundamento lo constitutivo de un saber como la psiquiatría es asumir su entraña y poder llevarla al máximo de sus posibilidades por transitorias y falibles que puedan parecer, lo contrario es una superstición en no menor medida que para la Ilustración representaba la metafísica o la religión. Lo que nos dice la formación y la estructura de la positividad es que resulta incapaz  de aprehender la subjetividad en su dimensionalidad. La facticidad no se puede reducir a la lógica. Positividad es unilateralidad, monismo, forma de identificar la espontaneidad con la receptividad, la sensibilidad con el entendimiento, espíritu y naturaleza, en definitiva es una manera de solventar la relación yo-mundo por la vía de adoptar uno de los lados absorbiendo el otro. Lo decisivo está en saber que no todo lo racional es real ni que lo va a ser nunca. Esto significa que hay un límite para la experiencia y que la psiquiatría  sólo es posible disponiendo de un correctivo a la formación de la positividad que hasta ahora ha resultado tan ubicua como constitutiva.

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El autor:
 

Pablo Ramos Gorostiza

Médico Adjunto. Servicio de Psiquiatría. Hospital Universitario de La Princesa
C/ Diego de león 62
28006 MADRID
SPAIN

email: mailto: prgorostiza@hotmail.com

 




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